PIEDAD
POR LOS RESTOS
Eugenio Castro
El
tiempo de la vida, por lo menos en una de sus fracciones, sostiene
la "aventura de taller" de Vicente Alcázar, Roberto
Díez y Miguel Moreno. Me atrevo a cargarles con tal título
(bajo mi entera responsabilidad), porque con él expreso
de la mejor manera posible una camaradería que en ese espacio
se ha venido sucediendo hasta hoy mismo desde hace quince años;
y para hacer notar que a ese tiempo se vincula un tiempo de creación
más que de representación (de poesía más
que de filosofía). Esta camaradería no conlleva
la constitución de un grupo de artistas en sentido programático,
por mucho que en alguna ocasión haya decidido aparecer
públicamente como "Piamonte 12" en unión
de Imanol Bértolo y Toshiro Yamaguchi. Sin embargo, no
puede negarse -y sin poder precisar qué precede a qué-
el elevado grado de interés común de los tres artistas
en la forma, en el proceso, en la materia como para arriesgar
en decir que entre ellos sí que existe una importante afinidad
colectiva.
En base de lo sugerido adquiere, pues, esta exposición
su mayor razón de ser, puesto que celebra -en el sentido
propio de ceremonia- una comunidad de ideas cuya última
consecuencia es la de un contagio fecundador, tanto individual
como comunalmente, sin dejar de considerar en ello sus propias
crisis.
No obstante, desearía manifestar que a esa afinidad se
suma -si esto no supone excederme demasiado en la confianza- una
disposición de espíritu que les confiere una identidad
y les otorga un carácter. Me refiero a una piedad por los
restos que se concreta en la elección de unos materiales
y en el cuidado exquisito y solidario que les prestan, de donde
se infiere el propósito de recibir, asimismo, de ellos
sus bondades, de compartir la dignidad y "el lujo de su pobreza"
(E. C.).
De este modo, adquiere el trabajo de estos artistas otro denominador
común, como es que el objeto construido concilia las categorías
de escultura, objeto y pintura (esta secuencia no establece ninguna
escalera de valor). Y ojo que no digo que rompen con sus fronteras,
puesto que el límite que señalan es perfectamente
discernible, sino que las llevan a un mismo punto de encuentro
que en él se resuelven.
Cabría añadir una última instancia que afianza
la comunidad estética de estos tres hombres: es esa dimensión
ontológica (su simbolismo existencial) en el que se asienta,
cuya importancia es, por lo tanto, angular. Justo es sugerir,
en este punto, cómo se singulariza cada expresión,
puesto que cada objeto creado (aquí no hay desmaterialización
que valga: pisamos un terreno completamente físico; y de
haber trascendencia, esta nunca sería posmoderna) es la
cristalización de un grado de manifestación que
no admite ser reproducción.
Genéricamente, un principio objetual anima las piezas de
Vicente Alcázar. El cartón, el contrachapado
o la madera de que se vale para realizarlas, antes de ser sola
superficie pictórica es cosa accidentada que una operación
restituidora le otorga una nueva existencia. Así es cómo
lo que era tal se torna en pintura. Pero pintura no como "materia
culta" sino como lugar. En efecto, le era preciso al artista
hacer esa medición agrimensora para circundar un espacio
en el que detenerse y contemplar. No es casual, pues, la ordenación
topográfica de estas pinturas, que invitan a pararse ante
ellas para (aquí, sí) recorrerlas con los ojos del
tiempo con el que fueron hechas; con el tiempo en que fueron labrados
esos leves -mas sensibles- accidentes del terreno con los que
parece conformarse el relieve de una espiritualidad exigida como
condición de vida: la acusada terrosidad, el suelo duro,
su declarada contención parecer ser la evocación
de un ascetismo en el que, al menos como disposición y
práctica moral, el autor se reconoce.
Hay en Roberto Díez un declarado propósito
de poner su atención en lo concreto, esto es, en aquello
que, perteneciendo a nuestra propia y diaria vida y ha sido arrojado
a los rincones de la insensibilidad, no deja de ser, para él,
depositario de una cierta sentimentalidad del mundo. Lleva a cabo
tal propósito no de un modo esencialista, pues desea el
roce con ello de una forma física. Dos rasgos podrían
identificar en sus esculturas esa actitud.
Por una parte, esa especie de "caotización" del
espacio que se infiere de su superposición, menos laberíntica
que acumulativa. Por otra, el revestimiento de la madera con hojas
de periódico. En el primer caso, declara el autor su deseo,
si no de pertenecer a ese caos, si de mostrar que forma parte
de él, de reconocerse en la entropía como modo real
(vivo, mediato) de superar la pesadumbre que instala. Se entiende,
así, un poco mejor el segundo rasgo, pues la integración
del papel de prensa en los listones de madera sería algo
así como la expresión de un mundo que ha sido tapizado
por ese papel, y de que éste se ha integrado "por
naturaleza" en la vida de los hombres. No quiere establecer
con estos propósitos, Roberto Díez, un juicio de
valor, si bien parece insinuarnos que sus propias construcciones
no dejan de ser sino el testimonio, humilde, quizá inapreciable,
de esa realidad que él advierte; un testimonio con el que
llegar, él mismo, a mostrar su justicia con todos los restos.
Las piezas de Miguel Moreno son el resultado circunstancial
de un proceso en el que ha buscado conciliar su trabajo con la
escultura con una ocupación en el dibujo que en los últimos
años realiza como ejercicio de liberación. Liberación
de la tensión en la que le hacía entrar su exigida
experimentación con lo escultórico; y liberación
de lo escultórico de la tensión en que lo sumía
el escultor. El caso es que, al mirar estas piezas, no puede uno
sino mostrar su acuerdo con una ejecución cuya limpidez
se vuelve más meritoria por cuanto el material que emplea,
el cartón, es eminentemente burdo y refractario a la sutileza.
Sin embargo, el autor destina en él un cuidado exquisito,
transformando su tosco carácter en manifiesta ductilidad.
Como la de sus compañeros de taller y de exposición,
es esta una operación, analógicamente hablando,
alquímica, pues tiende a ennoblecer, sublimándola,
la materia grosera.
Podría convenirse en que este nuevo obrar sobre el cartón
no es más que la penúltima expresión de un
encuentro, aún abierto, del autor con este material, al
que ha doblado y atado hasta casi estrangularlo; al que ha "barroquizado"
y ha concedido, visualmente, el encanto y la fascinación
de la tela; al que, en suma, ha plegado invitando al ojo a percibirlo
en su imposible sinuosidad.
Plegado, digo. Y, efectivamente, ese estado acaba convirtiéndose
en un fundamento, y no sólo plástico, en Miguel
Moreno: hacer de la rigidez pliegue, mostrar con sorprendente
sencillez las líneas en que el dibujo como materia se curva,
se quiebra, se encoge, se estira, se circunvala y se circunscribe
en sí mismo y sobre sí mismo, es liberar el espacio
de una existencia -humana, particular- imbricada y mostrada en
su aspecto más severo; emblema aritmético (pienso
aquí en los bellos "objetos matem‡ticos" de un
alma que se retrae y se contrae como tal existencia imbricada;
emblema, repito, de un ser que así se restituye, lineal
y árido, una suerte de beatitud y en ella se suspende.
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