El monstruo se amiga
Helena
González Sáez
El
Monstruo; el ser liminal y contingente por excelencia. Me pregunto
si no será el Monstruo la mismísima representación
de esa ambivalencia, metáfora de la paradoja humana. Nada,
en sí. Solo la señal de un lugar, de un gozne. Intermediario.
Yo solo veo una de sus caras. Me pregunto por la vida del Monstruo
en su lugar de procedencia. ¿Será monstruo allí
también? Y, de la misma forma que aquí se pinta
la máscara de admonición sobre un peligro que desconozco
¿se pintará la máscara de mí, en el
país de los monstruos? ¿Seré yo el monstruo
allí, en el país de Alíen, de La Cosa, El
Dragón, Dagón,?
El Monstruo es mi espejo. Si no hay Monstruo, no hay héroe.
Me acompaña desde mi raíz. No hago más que
liberarlo pobrecito una y otra vez, en fragmentadas
proyecciones involuntarias. Luego miro mis imágenes y al
cabo de un tiempo lo voy reconociendo. El Monstruo es lo que no
dibujo. El Monstruo es el resultado figurativo de incontables
sumas paradójicas de aquello que me produce inquietud,
incomodidad, malestar, heridas y terror. Sus figuraciones presentan
un soporte admonitorio de aquello que me resulta oscuramente mortífero.
El Monstruo me produce angustia, pero también alivio. Su
liberación me alivia, soy yo quien se libera en esas formas
monstruosas. Y El Monstruo se aleja o mengua como una escultura
de Giacometti para volver creciente, como la luna.
El Monstruo adquiere muchas formas. Una, en la que no se sabe
si es un vivo o si es un muerto. Otra: una vida que no debería
estar ahí porque es extraña a las creaciones
de la naturaleza- y que parece venir de la muerte, porque
la trae consigo y parece repartirla a diestro y siniestro.
Soy generatriz y espectadora de El Monstruo, y como tal, su aparición
me lanza hacia mi propia vida. Me pregunto si es la representación
de El Monstruo la que señala el encuentro inabordable con
lo real, haciéndome quedar en el lado de la vida.
El Monstruo es el ser liminal y contingente por excelencia: puede
ser y no ser al mismo tiempo. O quizá, mejor dicho: puede
albergar simultáneamente varias identidades sin verse en
la necesidad de desplegarlas sucesivamente, como tengo que hacer
yo de ordinario. El Monstruo es una posibilidad para la conciliación
de contrarios. Es paradójico, paranormal, paralógico.
La representación de una realidad sentida: la de mi propia
e irrepresentable contingencia.
Dibujo cosas monstruosas, según algunos. Imágenes
inquietantes cuya ejecución me apacigua enormemente. Ahora,
en esta época del impudor, cualquier cosa resulta escandalosa.
Mis dibujos son meras metáforas: demoliciones identitarias,
ensamblajes, pruebas, despliegues... El Monstruo en mí
sirve para eso, y lo hace como un dócil esclavo fiel. Algún
curso he de darle a la desesperación que me produce saberme
impotente ante la magnitud de la maldad y la desgracia. Asuntos
que en mí se cosechan prolijamente como malignidad e impulsos
de venganza. El Monstruo se representa en el gozne, que me aparta
de un goce mortífero, posibilitando la tendencia vital,
erótica, que me une a la vida. Empujándome hacia
el jouissance como deleite, dicha, agrado, gusto, vivacidad,
alegría, entusiasmo, fiesta, jarana, delicia y el amor,
como resumen de estas palabra y de lo que no es palabrable. El
Monstruo se amiga, permanece pétreo en su función
apotropáica, como admonición, advertencia, antitotem.
Y cuando se desata, gruñe hasta dejarme sin entendimiento,
recordándome que la efusión de su figura se produce
siempre en mi entraña más extraña: el cadáver
que arrastro conmigo, y del que él me avisa.
El Monstruo es menguante porque antes de ser esclavizado campaba
a sus anchas por los paisajes de mi cotidianidad, estorbándome
la vida con sus amenazas de muerte. Ese goce mortífero
decae, disminuye, se debilita, se quiebra y agoniza. Su existencia
nunca se extingue del todo creo que esto es imposible.
Pero ahora puedo hablar de esa fluctuación como una mengua.
Este es, francamente, El Monstruo con el que me relaciono en la
intimidad de mis inventos. A veces es un poder protector que me
enlaza con la Historia del Hombre. Otras veces es una malignidad
que me permite entenderme como la heroína de mis días.
Otras veces es todo aquello que no puedo alcanzar a representarme
y que aparece amenazante como un aliento sobrenatural, inexplicable.
Otras veces tiene alas y vuela, enorme y elocuente, por encima
de los tópicos comunes llevándome hasta paisajes
desconocidos, oscuros, luminosos, misteriosos.
*
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