>"EL MOSTRUO SE AMIGA"> TEXTO DE HELENA GONZÁLEZ SÁEZ . Marzo de 2008

–El monstruo se amiga–
Helena González Sáez

 

El Monstruo; el ser liminal y contingente por excelencia. Me pregunto si no será el Monstruo la mismísima representación de esa ambivalencia, metáfora de la paradoja humana. Nada, en sí. Solo la señal de un lugar, de un gozne. Intermediario. Yo solo veo una de sus caras. Me pregunto por la vida del Monstruo en su lugar de procedencia. ¿Será monstruo allí también? Y, de la misma forma que aquí se pinta la máscara de admonición sobre un peligro que desconozco ¿se pintará la máscara de mí, en el país de los monstruos? ¿Seré yo el monstruo allí, en el país de Alíen, de La Cosa, El Dragón, Dagón,?

El Monstruo es mi espejo. Si no hay Monstruo, no hay héroe. Me acompaña desde mi raíz. No hago más que liberarlo –pobrecito– una y otra vez, en fragmentadas proyecciones involuntarias. Luego miro mis imágenes y al cabo de un tiempo lo voy reconociendo. El Monstruo es lo que no dibujo. El Monstruo es el resultado figurativo de incontables sumas paradójicas de aquello que me produce inquietud, incomodidad, malestar, heridas y terror. Sus figuraciones presentan un soporte admonitorio de aquello que me resulta oscuramente mortífero. El Monstruo me produce angustia, pero también alivio. Su liberación me alivia, soy yo quien se libera en esas formas monstruosas. Y El Monstruo se aleja o mengua –como una escultura de Giacometti– para volver creciente, como la luna.

El Monstruo adquiere muchas formas. Una, en la que no se sabe si es un vivo o si es un muerto. Otra: una vida que no debería estar ahí –porque es extraña a las creaciones de la naturaleza–- y que parece venir de la muerte, porque la trae consigo y parece repartirla a diestro y siniestro.

Soy generatriz y espectadora de El Monstruo, y como tal, su aparición me lanza hacia mi propia vida. Me pregunto si es la representación de El Monstruo la que señala el encuentro inabordable con lo real, haciéndome quedar en el lado de la vida.

El Monstruo es el ser liminal y contingente por excelencia: puede ser y no ser al mismo tiempo. O quizá, mejor dicho: puede albergar simultáneamente varias identidades sin verse en la necesidad de desplegarlas sucesivamente, como tengo que hacer yo de ordinario. El Monstruo es una posibilidad para la conciliación de contrarios. Es paradójico, paranormal, paralógico. La representación de una realidad sentida: la de mi propia e irrepresentable contingencia.

Dibujo cosas monstruosas, según algunos. Imágenes inquietantes cuya ejecución me apacigua enormemente. Ahora, en esta época del impudor, cualquier cosa resulta escandalosa. Mis dibujos son meras metáforas: demoliciones identitarias, ensamblajes, pruebas, despliegues... El Monstruo en mí sirve para eso, y lo hace como un dócil esclavo fiel. Algún curso he de darle a la desesperación que me produce saberme impotente ante la magnitud de la maldad y la desgracia. Asuntos que en mí se cosechan prolijamente como malignidad e impulsos de venganza. El Monstruo se representa en el gozne, que me aparta de un goce mortífero, posibilitando la tendencia vital, erótica, que me une a la vida. Empujándome hacia el jouissance como deleite, dicha, agrado, gusto, vivacidad, alegría, entusiasmo, fiesta, jarana, delicia y el amor, como resumen de estas palabra y de lo que no es palabrable. El Monstruo se amiga, permanece pétreo en su función apotropáica, como admonición, advertencia, antitotem. Y cuando se desata, gruñe hasta dejarme sin entendimiento, recordándome que la efusión de su figura se produce siempre en mi entraña más extraña: el cadáver que arrastro conmigo, y del que él me avisa.

El Monstruo es menguante porque antes de ser esclavizado campaba a sus anchas por los paisajes de mi cotidianidad, estorbándome la vida con sus amenazas de muerte. Ese goce mortífero decae, disminuye, se debilita, se quiebra y agoniza. Su existencia nunca se extingue del todo –creo que esto es imposible–. Pero ahora puedo hablar de esa fluctuación como una mengua.

Este es, francamente, El Monstruo con el que me relaciono en la intimidad de mis inventos. A veces es un poder protector que me enlaza con la Historia del Hombre. Otras veces es una malignidad que me permite entenderme como la heroína de mis días. Otras veces es todo aquello que no puedo alcanzar a representarme y que aparece amenazante como un aliento sobrenatural, inexplicable. Otras veces tiene alas y vuela, enorme y elocuente, por encima de los tópicos comunes llevándome hasta paisajes desconocidos, oscuros, luminosos, misteriosos.

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