Mauricio Navia A.
Coordinador
del Instituto de Investigaciones de Filosofía y Estética
ULA -Mérida- Venezuela
Las
claves para entender
los lenguajes de Vicente Alcázar, Roberto Díez y
Miguel Moreno deben encontrarse en estas actitudes estéticas
fundamentales que ellos alcanzaron de un modo excepcional en casi
20 años de reflexión y trabajo en los hilos contemporáneos
cotidianos de un taller en el corazón de Madrid.
Estos artistas no pintan ni instalan ni ensamblan ni esculpen
ni accionan ni graban..., sino hacen filosofía. Pero hacen
filosofía desde la óptica de una estética
que quiere repensar, deconstruir y experimentar radicalmente los
conceptos básicos de la filosofía-estética
actual. Ellos experimentaron los sentidos de la desmaterialización
extrema de la obra reduciéndola a desechos de cartón,
madera y papel no intervenidos. Experimentaron la destitución
de toda representación e imagen para quedarse con el mínimo
de la línea o el texto. Experimentaron la disolución
de lo visual y la diseminación de todas las "expresiones"
ahora comprendidas como interpretaciones. Experimentaron íntimamente
el abandono del sujeto artista (genio) en favor de hombres cotidianos
de un barrio madrileño que habitan el arte desde la filosofía.
Experimentaron la deslegitimización del formato máximo
y mínimo, en la verdad o veracidad del evento de arte que
se sostiene solo, desde lo que las cosas y elementos reclaman
y abren, antes que en prejuiciosos conceptos del circuito del
mercado.
Ellos han alcanzado, por ejemplo, el concepto de la imposibilidad
originaria del color y toman los colores de los desechos urbanos
postindustriales como las cajas de electrodomésticos y
los impresos de los medios como periódicos y revistas disputándoselos
a los pordioseros de las calles. Han evaluado e investigado las
purezas de los colores del cartón para alcanzar el grado
cero del color y del valor del arte. Así empezaron a hablar
desde un lugar donde lo artístico no es posible sino cuando
se hace absolutamente necesario.
Han encontrado también, por ejemplo, que el uso de los
grandes formatos de los 80' y los 90' ya no era legítimo
ni honesto. Así han reducido su actitud al formato de la
cosa misma y de lo propiamente humano hilvanando densos silencios
en composiciones exactas con una matemática zen que habla
de un concepto de formato-materia-lenguaje-hombre antiguo pero
muy actual. Proponen un diálogo matérico de madera-cartón-texto
impreso dejando -sin el artista presente- que hablen por sí
mismos de posibilidades encubiertas allí donde la desmaterialización
de los elementos alcanza sus límites y se sitúa
en fronteras donde arte y no-arte se hacen patentes y se encubren
mutuamente en extraños y borrosos claroscuros como alude
el no-color del cartón y la madera de desecho. Esta autenticidad
de la obra, sin virtuosismos de genios, la desplaza a ella, al
artista y al arte al lugar donde se sostienen por sí mismos,
ya no como autónomos, sino en la riqueza de posibilidades
que abre lo más precario (el cartón, la madera,
el texto) cuando es diálogo puro de síntesis de
los sin- sentidos actuales de nuestra Sin
City global.
De allí que cada línea, cada letra, cada trozo de
cartón y madera deban ser pensados a la luz de esta nueva
actitud filosófico-estética de uno de los talleres
más inteligentes, cultos y honestos del arte hispano que
conozco. Esta no es una exposición más de arte sino
una arriesgada y madura propuesta sobre el sentido del arte filosóficamente
comprendido y desvelado.
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